
Como cada año en esta fecha, esta tarde por las calles de la ciudad de México marcharán jóvenes estudiantes y algunos no tan jóvenes, en recuerdo de aquellos que cayeron la noche de Tlatelolco, hace 41 años, abatidos por las balas del ejército.
Es probable que no todos los manifestantes tengan una idea clara de lo ocurrido aquella noche, de cómo se llegó a tal situación y de lo ocurrido posteriormente. Para algunos, se tratará de una marcha más y, a pesar del grito 2 de octubre no se olvida, prevalece el olvido colectivo, a pesar del esfuerzo de algunos dirigentes y simples participantes del 68, que insisten en mantener el recuerdo.
El Movimiento Estudiantil Popular de 1968 fue, en realidad, mucho más que el 2 de octubre, más que las multitudinarias marchas del 27 de agosto y del 13 de septiembre, más que la huelga de cientos de miles de estudiantes. Fue la participación mexicana en un despertar mundial, fue la expresión de una juventud rebelde que no sabía a ciencia cierta qué mundo quería, pero que estaba segura de no querer el mundo como estaba en ese momento. Fue la manifestación en México de la rebeldía juvenil que puso al gobierno francés al borde del colapso, de la que, en Praga, se enfrentó a la burocracia que gobernaba en nombre del socialismo, de los millones de jóvenes de todo el mundo que exigían la salida del ejército estadounidense de Vietnam, de la que encontró canales de expresión en el rock y que adoptó toda una cultura. Fue, en México, el inicio del final de un régimen que hacía mucho se había bajado del caballo y del tren de la Revolución Mexicana, para instalarse cómodamente en oficinas tan alejadas de los ideales magonistas, zapatistas y villistas, como cercanas a una burguesía dependiente y obediente a los designios imperiales.
Detrás de las grandes marchas estuvo el trabajo de decenas de miles de brigadistas que sacaron el programa del movimiento de las estrechas paredes escolares y lo llevaron a plazas, mercados, cines y teatros. Pero no sólo llevaron los famosos 6 puntos, llevaron el programa de la lucha por el cambio en fábricas, campo y colonias, el de la recuperación de la iniciativa popular, el de la recuperación de Hidalgo y de Zapata, de Morelos y de Villa, del Ché y de Ho Chi Minh. Más allá del nivel ideológico, de las diferencias entre estudiantes de distintas instituciones, estaba la necesidad de impulsar una transformación a fondo del país.
Ese programa y esa presencia estudiantil fue lo que logró el crecimiento del movimiento, al que se incorporaron cientos de miles y fue lo que generó una respuesta gubernamental desproporcionada. Lo que asustó al gobierno no fueron las demandas de libertad a los presos políticos o de destituir al jefe de la policía, el peligro estaba en el despertar de la población a la lucha. Eso fue lo que quisieron ahogar en sangre el 2 de octubre.
La represión no acabó con el movimiento. La semilla de la organización y la lucha germinó y encontró tierra fértil en fábricas y en el campo, en el movimiento obrero y campesino, en organizaciones como el casi recién nacido sindicato de los nucleares, que se vio fortalecido con la incorporación a sus filas, de jóvenes profesionistas que trajeron la experiencia de una intensa vida democrática y cambiaron para siempre su forma de hacer sindicalismo y que hoy, a cuatro décadas. Sigue luchando por un mundo mejor.
2 de octubre de 2009