martes, 22 de diciembre de 2009

Felicidades a tod@s

A unos días de que caiga la última hoja del calendario --que por cierto no se va, sino que se acumula con los muchos que ya tenemos-- cuando la magia de la publicidad nos incita al consumismo y por todos lados escuchamos buenos deseos, vale la pena un momento de reflexión. Si volteamos atrás o si avistamos lo que viene, no parecen haber muchos motivos para celebrar.
2009, como los anteriores, fue un año difícil. Los grandes problemas mundiales no sólo no han terminado, sino que muchos de ellos han crecido como nunca. La desigualdad, el hambre, el atraso, la miseria, siguen ahí; la guerra no se detiene y el deterioro ambiental avanza amenazante. En México, los gobiernos recientes no presentan una gran diferencia a favor de la población, con respecto a los anteriores; el salario sigue su caída, la seguridad social está cada vez más lejana y estamos cada día más cargados de malestares y de años.
Ya no se esperan las fiestas de diciembre y el año nuevo, con la emoción de otros tiempos. Parecería que hemos perdido la alegría, la esperanza y que ya no creemos en nada. Ya ni siquiera podemos disfrutar como antes de las fiestas, porque los triglicéridos y el colesterol, el frío y la altura, la inseguridad y el caos del transporte, han causado estragos.
Y sin embargo, seguimos festejando. Tal vez sea porque nos aferramos a aquello que ya no tenemos, o porque tenemos la esperanza de que regresen los buenos tiempos. En todo caso, lo que no podemos darnos el lujo de perder, es la esperanza y la capacidad de creer. Si permitimos que la esperanza se pierda y si dejamos de creer, entonces sí, ya no habrá motivo alguno para la alegría; entonces sí, habremos sido derrotados por la vida; entonces sí, un año más, será solo un paso hacia la tumba.
Pero la esperanza no es algo mágico, la tenemos que forjar nosotros mismos. Cada quien puede construir su propia esperanza de un mundo mejor, a partir de su esfuerzo por cambiar las cosas, por superar los problemas, por enfrentar las dificultades, por no dejarse derrotar, por aprender de los golpes y los tropiezos. Cada quien puede ayudar a cambiar al de al lado, a la familia, al amigo, al compañero, pero tiene que empezar por cambiarse a sí mismo, reconocer errores y limitaciones, corregir lo posible; trabajar más y ser mejor cada día. Así, el esfuerzo sumado de todos, el aportar cada quien según su capacidad y recibir de los demás según su posibilidad, el sacar coraje de las dificultades, es lo que puede contribuir a que el año que se avecina sea mejor, a que tengamos esperanza en su llegada.
A un lado el escepticismo, y con la convicción del quehacer propio, hagamos realidad la esperanza. Y entonces podremos creer en algo, en nosotros, en la familia, en los compañeros, en los amigos, en la capacidad colectiva de transformación. No es fácil, es cierto, pero debemos creer que es posible y emprender el camino.
En estos días de fiestas y buenos deseos, no perdamos la esperanza en que podemos poner algo de nuestra parte, para que los buenos deseos se conviertan en realidad y para poder creer en la capacidad humana para aprender, para corregir y para mejorar. Al dar o recibir un regalo, al brindar, en las comidas y bailes, no olvidemos que el año nuevo podrá será feliz, si luchamos y trabajamos por ello.
Por lo pronto, a disfrutar comidas, fiestas y brindis de estas fechas, en compañía de familiares y amigos y desde el primer minuto de 2010, a pelear porque esté pletórico de realizaciones y éxitos, de lucha y de trabajo, de emociones y amor, de una intensa vida.
Carlos Guillén Soriano

viernes, 11 de diciembre de 2009

Una grata experiencia

Estar en una ceremonia de entrega de reconocimientos a quienes han permanecido mucho tiempo en un lugar, es una grata experiencia. Con la ceremonia, es obligado un ejercicio de memoria, con el que llegan en tropel los recuerdos y se experimenta gusto al ver a compañeros que diario están en el mismo lugar que uno, pero a quienes no siempre vemos. No falta alguna sorpresa, al enterarnos del nombre de quienes hemos visto durante años, sin saber cómo se llamaban o al conocer la antigüedad de otros. Para algunos, llega también la asociación de ideas y con el gusto de llegar a un nuevo aniversario, asalta la duda por lo que pasará mañana.
En la entrega de reconocimientos por antigüedad en el ININ, me fue inevitable ligar el número y composición de los premiados, con algunas etapas por la que han pasado el país y, por supuesto, el ININ.
Entre quienes cumplieron durante el año que está por terminar 10, 15 o 20 años de antigüedad, encontramos pocos compañeros y entre ellos, el número de quienes se dedican a las actividades de investigación y desarrollo, es aún menor. No hay misterio alguno en ello, pues se trata de quienes, a cuentagotas, entraron a trabajar a una institución ya afectada por políticas económicas que buscan las soluciones y los caminos a seguir en el exterior, y hacen a una lado a las instituciones públicas de educación e investigación.
Quienes entraron a trabajar hace 25 años, llegaron en medio de una crisis interna en la organización sindical y en los primeros años de lo que después sería conocido como neoliberalismo. Ya había incertidumbre por el futuro de la institución, aunque se desconocían aun los alcances de tales políticas, no obstante que el cierre de Uramex, permitía ya vislumbrar el futuro.
En cambio, el numeroso grupo que completó tres décadas en el ININ, se integró al instituto en los años de la bonanza petrolera, cuando el Presidente de la República llamaba a administrar la riqueza y se experimentó un gran crecimiento. Constantemente había convocatorias para ocupar plazas y casi en todas las asambleas, se presentaba a un numeroso grupo de compañeros. Profesionistas, investigadores y técnicos, engrosaban constantemente las filas de organismos y sindicato (en enero de ese año, el ININ y Uramex ocuparon el lugar del desaparecido INEN).
35 años. Tres décadas y media en el INEN-ININ cumplió un grupo no tan grande numéricamente, pero a quienes les tocó vivir y hacer historia. Les tocó, recién integrados, la firma del primer contrato colectivo de trabajo, formar parte de las filas del SUTERM, ser parte fundamental de la insurgencia obrera de los setentas, encabezada por la Tendencia Democrática de Electricistas, vivir las experiencias de las históricas jornadas del 15 de noviembre de 1975 y del 20 de marzo de 1976, así como las que llevaron a los nucleares a las calles y plazas de Guadalajara, Pachuca y otros lugares, habitar y defender la legendaria casona de Zacatecas 94, inundar calles y plazas con periódicos y volantes obreros. . .
Finalmente, aunque sólo uno de ellos estuvo en el Auditorio, está el grupo de las cuatro décadas. El de los jovencitos del 68, recién salidos de la experiencia del movimiento estudiantil de 1968, y quienes llevaron al sindicato de los nucleares a los primeros planos de la vida nacional, en quienes tomó cuerpo la entrega de la estafeta del movimiento estudiantil al movimiento obrero, los que entendieron la importancia de la unidad con los electricistas, los que vinieron a revolucionar al viejo SUTCNEN y al INEN.
Pero estos recuerdos son sólo una parte de la inmensa experiencia acumulada por cientos de trabajadores que han vivido lo mismo la febril actividad técnico-científica y política, que la decepción en uno y otro casos, las etapas de riqueza y las de sobrevivencia, el crecimiento y el lento exterminio. Aquí se iniciaron, continuaron y terminaron estudios, se integraron y deshicieron parejas, se forjaron amistades y se alimentaron diferencias, aquí se adquirieron habilidades y se formaron hábitos. Aquí se vivió la ilusión por la transformación del sindicalismo y del país, lo mismo que la desmoralización porque ésta no llegó; se mostró a la Nación la importancia de la energía nuclear y se lanzaron grandes proyectos de crecimiento nucleoeléctrico y de impulso a las aplicaciones no energéticas de la energía nuclear. Se vivió la incertidumbre por el futuro del trabajo y se luchó por el fortalecimiento de la institución y muchas, muchas cosas más.
En fin, estas ceremonias traen muchos recuerdos a la mente, pero también traen preguntas: dentro de un año, en dos, tres, en cinco ¿cuántos serán premiados? ¿cómo estaremos? ¿estaremos?
Pero más allá de todo, felicidades para quienes este año cumplieron años y para todos aquellos que han permanecido, con sus propuestas, con su resistencia, con su trabajo, con su cotidiana existencia, dando vida a estas instituciones, el ININ y el SUTIN.