lunes, 8 de marzo de 2010

Un día más en la vida de Rosa María

Como todos los días, Rosa María se despertó antes que todos en la casa. No se fijó que fecha era, al fin que todos los días había que preparar desayunos, dejar listas las cosas en la casa para el día, asegurarse de que nadie llegue tarde a la escuela o al trabajo. Aunque siempre les recordaba a todos que debían preparar sus cosas un día antes, no estaba de más –como siempre—dar una mirada para ver si cada quien encontraría sus cosas al levantarse. En fin, nada distinto a los demás días.

El día anterior había sido pesado. En el trabajo, un sinfín de problemas, pues no había ni con qué trabajar en el laboratorio y una vez más corrían rumores de que el gobierno pretendía cerrar la institución y las pláticas entre empresa y sindicato no parecían ir por el mejor de los caminos; en el comedor la historia de siempre y el tráfico de regreso a casa, como nunca. Al llegar a casa, en espera de descanso, éste brilló por su ausencia, pues además de las tareas diarias, se encontró con problemas de los hijos que, no por normales y casi cotidianos, podían quedar sin resolver.

Sin dejar de pensar en todo lo ocurrido la jornada anterior, había que apurarse con las tareas propias y de los demás y al final, con el propio arreglo para ir a trabajar.

En el camino, las noticias no daban lugar al optimismo. Miles de mujeres habían sido víctimas de la naturaleza y la incapacidad del sistema en Haití y en Chile, otras tantas no encontraban trabajo o escuela, o sus salarios eran inferiores a los de quienes muchas veces tenían menos méritos que ellas y los casos de las muertas de Juárez, seguían sin conocer la justicia, cuando no eran acusadas las mismas víctimas, de propiciar sus asesinatos. Los gobernantes en muchos lugares, de la mano de las iglesias, seguían empeñados en negar a las mujeres su derecho a decidir.

En esas reflexiones iba, cuando una voz le dijo ¡Felicidades! Estuvo a punto de reclamar airada, lo que a la luz de la realidad parecía una burla. ¿felicidades? ¿de qué? Se preguntó.

No hubo tiempo para reclamar ni para mayor comentario. Tal como había iniciado, era un día como los demás y había que presentar el informe, elaborar la requisición, prepararse para el examen, convocar a la junta, recordar al jefe los pendientes, enviar el artículo y pelearse con la computadora que un día sí y otro también, se atoraba tan sólo con revisar su correo electrónico.

Algunos de quienes le observaban, sin embargo, sabían que si había motivos para felicitarla. Había aguantado todas las crisis en el trabajo sin caer en la desmoralización ni en la frustración y había logrado terminar los estudios, mantener unida a su familia e ingresar al SNI; logró premios estatales, nacionales e internacionales de ciencia y publicó en las principales revistas de su especialidad; fue factor fundamental en el funcionamiento de su área y sin su auxilio como becaria o como personal de apoyo, el trabajo no habría salido; en la biblioteca y en el comedor, se esmeró en la atención a los compañeros; hizo cuanto trámite era necesario –y muchas veces, también los que no eran necesarios—Luchó por construir su sindicato y cuando la dirección de este se burocratizó, peleó contra las desviaciones; ocupó puestos de delegada, en el comité, en vigilancia, en los distintos consejos, compitió y ganó lo mismo en justas deportivas, que en concursos de todo tipo; vaya, hasta se hizo cargo de los adornos para las fechas especiales.

En realidad, sin Rosa María, la vida en el instituto y en el sindicato, no sólo no sería igual. Sencillamente, no sería.

Por su resistencia, por su valentía, por su sencillez, por su coraje, por su amor, por su creatividad, por su pasión, por todas sus cualidades y sus defectos:

FELICIDADES A TODAS LAS ROSA MARIAS Y A TODAS LAS MUJERES, COMPAÑERAS, TRABAJADORAS.

Nota: Rosa Luxemburgo y María Curie prestaron amablemente sus nombres para representar a las mujeres trabajadoras en su día.