martes, 1 de junio de 2010

A 27 años de las huelgas de junio

1983. Empezaba el gobierno de Miguel de la Madrid. Apenas unos años antes, se había dado en México el mayor auge del movimiento sindical democrático, con la lucha de la Tendencia Democrática de Electricistas, el surgimiento del sindicalismo universitario y numerosas luchas en los más variados centros industriales, lo mismo en Vallejo que en Saltillo, en Monclova o en Lázaro Cárdenas, en Naucalpan y en Tlalnepantla, en Cactus y en Ciudad Sahagún.

La lucha obrera de esos años, mostró el desgaste del charrismo, eufemísticamente llamado movimiento obrero organizado, pero también la incapacidad del movimiento democrático para hacerlo a un lado. Salvo la Tendencia Democrática, que elaboró un amplio programa de lucha que iba más allá de las reivindicaciones salariales y abordaba problemas de amplios sectores de la sociedad –presentando propuestas de solución a los mismos—la mayoría de las luchas se limitaban a aspectos económicos. Claro que, por las condiciones prevalecientes, para dar la lucha económica, había que luchar también por la democracia sindical y en ese proceso, se ponía en tela de juicio el control del estado sobre los sindicatos, vital para el sostenimiento de éste.

Sin embargo, la represión combinada de charros, gobierno y patrones, así como los errores del disperso sindicalismo democrático, impidieron la construcción de una fuerza capaz de desplazar al charrismo.

Los cambios que se empezaban a dar en la política oficial, expresados por ejemplo, en la imposición de los llamados “pactos” y los topes salariales, produjeron una tímida respuesta por parte del charrismo, que tal vez veía llegar el principio del fin de su situación privilegiada en la vida política y económica nacional. La CTM empezó a amenazar recurrentemente, con la huelga general, solo para desistirse en cuanto recibía ya fueran promesas o regaños por parte del nuevo grupo en el poder.

En mayo de 1983, nuevamente amenazó Fidel Velázquez con la huelga general por aumento salarial de emergencia, con la diferencia respecto a ocasiones anteriores, de que una importante franja del sindicalismo democrático –universitarios y comité ejecutivo nacional del SUTIN—decidió tomarle la palabra y “luchar por la reorientación de la política económica del gobierno”, objetivo que el movimiento sindical de países europeos y sudamericanos, con mayor experiencia y organización que esta franja del sindicalismo mexicano, no habían logrado poco antes con luchas de gran envergadura.

Además, en el seno de estas organizaciones, particularmente en el SUTIN, se habían generado importantes diferencias en aspectos como la política de alianzas, la relación con el gobierno y los “sectores nacionales de dentro y fuera del estado” y la práctica cotidiana del quehacer sindical.
Llegado el momento, el charrismo cetemista actuó como era su costumbre, prorrogó y finalmente se desistió. Las direcciones de universitarios y nucleares por su parte, con una influencia hegemónica de sectores del Partido Socialista Unificado de México1, impulsaron la huelga “para romperle el espinazo a la política económica del gobierno” según el Secretario General del SUTIN. El 9 de junio numerosos sindicatos cetemistas de la pequeña industria, desarticulados, sin coordinación alguna, estallaron huelgas, misma que fueron levantadas gradualmente en negociaciones locales, sin grandes resultados ni económicos, ni de organización.

En el caso del SUTIN, la mayoría de trabajadores de Uramex aceptaron la huelga siguiendo las directrices del Comité Ejecutivo Nacional. En el ININ, la mayoría optó por la prórroga, a fin de evitar un movimiento aislado y desorganizado. La manipulación de la información por parte del CEN, diciendo que la Sección Centro Nuclear había decidido la huelga, fue determinante para que trabajadores del ININ, del DF y Hermosillo, colocaran las banderas de huelga2. La base rebelde del Centro Nuclear, en cambio, partiendo del análisis de la situación del movimiento obrero, la situación del país y el estado internacional de la industria nuclear, y considerando los antecedentes en la vida interna del SUTIN –la burocratización del CEN y las diferencias políticas—decidió no estallar la huelga.

La decisión de la base rebelde del Centro Nuclear fue no sólo la respuesta a la pretendida imposición de la huelga por parte del CEN, sino la expresión de que no es posible librar una lucha política –el cambio de política económica-- sin organización y dependiendo de fuerzas externas –la CTM—proclives a la traición. Para la base rebelde, quedaba claro que se debía combatir la política económica gubernamental, pero no se podía hacer con enfrentamientos estériles o aventurerismo, sino con organización y fuerza propia.

La decisión tomada aquel 30 de mayo por la Asamblea de la Sección Centro Nuclear, pasando por encima no solo del CEN, sino de la posición del Comité Ejecutivo Seccional y de los activistas3 permitió resistir el golpe gubernamental y la permanencia del ININ. Esa decisión permitió mantener al SUTIN, a pesar de verse disminuido y dividido, como uno de los bastiones del movimiento sindical democrático y revolucionario.

[1] Los principales dirigentes del CEN del SUTIN y de una parte del sindicalismo universitario, eran militantes del Movimiento de Acción Popular, integrado al PSUM. Este sector, tiempo después se integraría al salinismo.
[2] En el ININ había 1425 trabajadores, de los cuales votaron 243 por estallar la huelga y 759 (53.2%) por la prórroga. En Uramex, de 2063 trabajadores 997 (48.3%) votó por la huelga.

[3] Al ver que era prácticamente inevitable la huelga, el CES y los activistas, sin partido o militantes de numerosas organizaciones políticas de izquierda, propusieron estallar la huelga y posteriormente –decían-- se ajustarían las cuentas con “estos charros del CEN”.