sábado, 8 de marzo de 2014

Un día más, otro año, la misma vida

Carlos Guillén S.
De tanto repetir las cosas, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, todos los años, Rosa María ya hacía las cosas de manera rutinaria. Siempre lo mismo, siempre preocupándose por los demás, siempre cumpliendo obligaciones, siempre dejando para mejor momento, las cosas que realmente le gustaría hacer.
De vez en cuando, un brillito de esperanza. Alguna vez vio en la televisión que las madres solteras recibirían apoyo económico. Después de algunas vueltas logró tal apoyo. Fue una ayuda, pero los problemas eran mayores.
Alguna conocida suya, después de mucho pensarlo, había decidido interrumpir su embarazo y lo que interrumpió fue su vida. De manera que cuando Rosa María supo que sería posible que una mujer decidiera sobre la maternidad, le dio gusto. Ya no se correrían riesgos. Pensó que si las condiciones y las personas son similares, las razones y las leyes también lo serían. Por ello, lloró cuando se enteró que allá en su pueblo, una prima lejana murió y otra terminó en la cárcel, porque pensaron que podían decidir sobre su cuerpo y su vida y allá las leyes son diferentes.
Aunque no le interesa mucho la política, Rosa María vio otro brillito de esperanza y se decidió a votar cuando escuchó que las mujeres serían beneficiadas. Meses después, siguió esperando que las cosas cambiaran. . . hasta que se cansó de esperar. Se dijo que no volvería a votar.
En el trabajo y en la escuela, el esfuerzo era constante, nunca dejó una pieza sin terminar, un oficio sin enviar, una mesa sin atender, una tarea sin entregar o un experimento a medias. Ni siquiera esperaba las instrucciones pues siempre hacía su trabajo mejor que los demás. A pesar de ello, a la hora de cobrar, más de una vez vio que otros, que hacían menos, ganaban mejor que ella. También se enteró que había quienes ofrecían mejores calificaciones en condiciones indignas. Más de una vez debió soportar comentarios de que la actividad que le gustaba y para la que se había preparado, era para hombres y que mejor se dedicara a cuidar a sus hijos. Desde niña, le dijeron muchas veces que había determinadas actividades que podían hacer las mujeres y que las demás eran solo para hombres. Nunca entendió por qué de ello.
Y así, día tras día. Por eso resultaba a veces fastidioso que un día del año (o dos, si las circunstancias biológicas así lo determinaban) recibiera tarjetas, mensajes, chocolates o una rosa, y que algunos de los que la felicitaban, en persona o por la televisión, en el trabajo o en la escuela, eran los mismos que los demás días no valoraban sus cualidades y su valor real.
Y así mes tras mes. Y esa eterna repetición un día la cansó y decidió que las cosas debían cambiar. Encontró amigas y compañeras que pensaban como ella: Clara, Dolores, Benita, Elena, Gladys, Valentina, Tania, Nadia, Tamara. Y luego fueron más: Gabriela, Yolanda, Patricia, Verónica, Amalia, Ana . . . y muchas más. Aun así, eran pocas para el cambio necesario, sobre todo porque algunas veces, no faltaba alguna mujer que actuaba peor que los demás contra ellas.
Llegará irremediablemente el día en que Rosa María tenga una vida diferente, la que ella decida. Seguramente su compañero estará a su lado.
Por lo pronto, por su resistencia, por su valentía, por su sencillez, por su coraje, por su amor, por su creatividad, por su pasión, por todas sus cualidades y sus defectos:
FELICIDADES A TODAS LAS ROSA MARIAS Y A TODAS LAS MUJERES, COMPAÑERAS, TRABAJADORAS.
Nota: Rosa Luxemburgo y María Curie prestaron amablemente sus nombres para representar a las mujeres trabajadoras en su día.