domingo, 26 de octubre de 2014

La más grande, pero falta mucho más

Este ha sido el año de lo grande. Las más grandes lluvias, sismos de gran magnitud, el mayor endeudamiento publico, el mayor gasto en un avión presidencial a nivel mundial, la mayor entrega de recursos de la Nación, con el más absoluto abandono de la dignidad de los partidos del poder. El mayor retroceso histórico en la soberanía nacional. 

Pero también se está produciendo el mayor descontento entre amplios sectores de la población. Y la respuesta, por mucho insuficiente ante la magnitud de lo que ocurre, también ha tenido grandes momentos. 
El 31 de enero se produjo una movilización sindical y ciudadana de grandes dimensiones, la mayor en mucho tiempo. Fue la respuesta a la aprobación de la reforma energética que, semanas antes, abrió las puertas del patrimonio energético de la nación a intereses económicos privados. Con esta movilización se abrió además, la posibilidad de generar un amplio movimiento unitario de rechazo a una reforma, la energética, que por ningún lado propone medidas para atender las necesidades de energía del país, lo que implicaría el fortalecimiento de los institutos de investigación del sector energético, y si en cambio, responde a criterios productivistas y a la estrategia de energía de Estados Unidos.
El 31 de enero, entonces, impulsó la posibilidad de hacer uso de la consulta popular establecida en la Constitución, para revertir la antinacional reforma energética. Dio lugar también a la creación de un instrumento de unidad para lograr el objetivo mencionado: el Frente Amplio Unitario. Éste sin embargo, pese a declaraciones unitarias de muchos, no ha logrado unificar todos los esfuerzos, aunque si ha logrado una cierta consolidación.
Otra movilización que se considera la más grande en su tipo, fue la realizada por el movimiento campesino el 23 de julio. Una gran cantidad de organizaciones de trabajadores del campo, agrupadas en múltiples referentes, logró unificar tiempos y lugares y ocupar por ese día el centro político del país. Los campesinos, que apenas el 10 de abril habían dado muestras de dispersión, lograron sentar a negociar a media docena de secretarios de estado, para plantear sus demandas y propuestas para la recuperación del campo mexicano. Hay que señalar sin embargo, que este proceso unitario tampoco ha logrado la unificación de todo el movimiento campesino. 
Acabamos de tener otra muestra de lo más grande. Hace muchos años no se veía una lucha y movilización estudiantil de esta magnitud. La huelga estudiantil politécnica, solo tiene precedente en magnitud en 1968; la marcha del pasado miércoles está en la misma situación. 
La cita era a las 18 horas, de manera que llegar a las 16:30 y encontrarse con escasos y dispersos grupos en la glorieta del Angel de la Independencia, no constituyó sorpresa. El panorama empezó a cambiar cuando fueron arribando camiones con letreros que denotaban su origen: Amilcingo, Mactumatzá, Tamazulapan. . . Ayotzinapa.
Aun parecía que sería una marcha de normalistas rurales y, para esa hora, algunos cientos de estudiantes solidarios de otras instituciones. No se veían las grandes y bien hechas mantas de otras marchas, ni los contingentes variopintos del partidismo clientelar.
Conforme pasaba el tiempo, las cosas fueron cambiando. Ya casi no recordaba yo esas mantas rotuladas a mano con certeros brochazos y textos profundos. Se multiplicaron las cartulinas de todo color con mensajes que la manos escribieron del dictado del corazón y la indignación. Al principio, algunas banderas de la UNAM que pronto se multiplicaron, luego se fueron acompañando con alumnos y letreros de la Universidad Autónoma Metropolitana, la Pedagógica Nacional, la Iberoamericana, la Escuela Superior de Educación Física, Chapingo. Llegaron los de la Universidad Autónoma del Estado de México desde Chimalhuacán, los del IEMS y UACM, prepas y universidad del DF, Antropología, Bellas Artes y Música. A los Goyas, pronto se unieron los Huelum de ESCOM, ESIA, Física y Matemáticas, ESIME Atzcapotzalco y muchos más. Muchos evidentemente no venían de las grandes instituciones, sino de las menores y aun de la educación básica. Tampoco faltaron los grupos populares y los que acudieron con la familia o en solitario.
Al empezar la marcha, cuando empezaba a esconderse el sol, el metro vomitaba cientos de manifestantes por convoy. Llegaban por todas las calles y medios de transporte. En amplitud y número, se superó lo imaginado.
No era para menos, más grande aun que los fenómenos naturales y las afectaciones de la política oficial, fue el crimen cometido contra los estudiantes de Ayotzinapa. Los asesinados y los desaparecidos, cuyo delito es buscar en las Normales Rurales, la prácticamente única posibilidad de progreso social para sus familias, son víctimas de un verdadero odio de clase, el de los poderosos que ven en la preparación de los campesinos pobres un peligro. La miseria, el abandono, el coraje acumulado y el estudio, son incompatibles para quienes detentan el poder económico y el político. 
Este año ha sido entonces, también el de las grandes movilizaciones y el mayor descontento. Pero aun es insuficiente, falta mayor unidad y falta organización. No es que sea poco lo que se ha hecho, es que las tareas y los recursos del enemigo son de gran magnitud.
Encontrar a los normalistas desaparecidos es la tarea más importante hoy. El castigo a los culpables de la represión, el congreso politécnico, la Consulta Popular contra la reforma energética, la soberanía alimentaria, son algunas de las tareas inmediatas que requieren mucho más que las tres grandes manifestaciones de este año. Nadie debe permanecer al margen o en silencio. La palabra es de todos.

jueves, 16 de octubre de 2014

Ayotzinapa, un problema de clases

Carlos Guillén S.

En un ataque de sinceridad, un legislador panalista dijo que las normales rurales son un riesgo para México. Seguramente es lo que piensan muchos políticos y gobernantes, independientemente de su partido de origen o del que les haya facilitado la franquicia para ocupar su actual posición.
Y es que esta forma de pensar es lo que puede explicar la virulencia de los ataques contra esa parte del sistema educativo nacional. El asesinato de tres estudiantes y la desaparición de cuarenta y tres más, no es un hecho aislado ni producto solo de la actitud represiva de un gobernante de mente enferma y acciones pinochetistas. Tampoco puede explicarse solo como la reacción de un grupo delictivo.

Se trata de un eslabón más de la permanente campaña, que data de décadas, contra un sistema escolar entre cuyas principales características están:

1. Se trata de un sistema escolar dirigido a los hijos de la población campesina.

2. Es, como el IPN, un producto surgido de la combinación de la lucha obrera y campesina por educación para sus hijos y la acción de la corriente nacionalista revolucionaria de la Revolución Mexicana, en el gobierno en los 30's.

3. Para muchas familias campesinas, este sistema es la única posibilidad de lograr una mejoría  social. 

4. Los egresados de las normales rurales han impulsado la conciencia y organización campesina y popular y, en algunos casos, incluso la lucha armada. 

Como los sindicatos, más que un obstáculo a la política de recuperación capitalista, las normales rurales son una posibilidad de resistencia organizada, un peligro potencial para el neoliberalismo. En ambos casos, los sucesivos golpes no han logrado desaparecer por completo la conciencia y la organización obrera y campesina. Quedan algunos sectores sindicales conscientes y ahí están las normales rurales.

Por eso, ya desde la contrarrevolución hecha gobierno con Avila Camacho, se ha golpeado a los sindicatos, al IPN, a la cultura proletaria, a las Normales Rurales.

Al igual que no lograron desaparecer por completo el ejido, tampoco pudieron desaparecer todos los avances en la cultura y la educación, pero si los han tratado de desnaturalizar y disminuir. Ya en 1956 desaparecieron el internado del IPN. En 1931 había 16 normales rurales; llegaron a ser 29 en 1969  y Díaz Ordaz cerró la mitad. Quedan 16.

La falta de presupuesto, la represión y el impulso a sistemas educativos que privilegian lo individual ante lo colectivo y el mercado por encima de lo social, han jugado un importante papel en el desmantelamiento de lo último que queda de la escuela socialista de los treintas. 

Las políticas de recuperación capitalista de las recientes décadas han puesto el destino de los trabajadores del campo y la ciudad en manos de intereses transnacionales. El campo ha sido convertido en exportador de mano de obra y la producción de alimentos está controlada por empresas agroindustriales transnacionales y comercializadoras nacionales, con quienes deben competir los campesinos que han decidido permanecer en los surcos. En semejante panorama es claro que la educación no es una prioridad del grupo gobernante en el devastado campo mexicano. 

Pero además, los estudiantes de las normales rurales están organizados. En un medio en que la organización al margen de los mecanismos oficiales de control debe enfrentar problemas de toda índole que van del vacío informativo a la desaparición física, es un mérito enorme que la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México haya resistido décadas de caciques,  gobiernos multicolores y seguramente no pocos conflictos y desviaciones propios. 

Lo que han sufrido las normales rurales no es, entonces, asunto menor, es una verdadera expresión de odio de clase. Se les ha acusado de ser nidos comunistas o escuelas de guerrilleros. Se les agrede con verdadera saña, porque son parte de un proyecto histórico que se niega a desaparecer. Igual que las culturas originarias, igual que la vida comunitaria, igual que el ejido, se niegan a desaparecer.

Lo ocurrido en Ayotzinapa no es entonces, un hecho aislado ni una represión más. Es parte de un proceso más complejo, inscrito en la vigente lucha de clases. Las clases dominantes buscan cerrar cualquier posibilidad de organización, educación y desarrollo propio al campesinado pobre. Ayer se cerraban por comunistas, hoy se les ataca con discursos de excelencia académica y se propone que sean escuelas de turismo. Ayer y hoy, el discurso contra estas escuelas para campesinos pobres es un discurso clasista.

Hoy todas las voces se deben unir para exigir la aparición con vida de los 43 normalistas y el castigo a los responsables de la represión, pero también se debe exigir atención a todas las instituciones de educación, investigación y cultura, incluyendo de manera prioritaria al sistema de educación normal rural. Hoy, luchar por condiciones dignas de estudio para los hijos de los campesinos pobres, luchar por educación de calidad en el IPN, contra el recorte presupuestal al sector cultura, por una política de estado en ciencia y tecnología, son partes de una sola lucha por un país más justo para las mayorías, por un México con soberanía. 

jueves, 2 de octubre de 2014

80 años del Palacio de Bellas Artes

Carlos Guillén S.

El 29 de septiembre de 1934 inició actividades el Palacio de Bellas Artes. Han transcurrido 80 años en los cuales sus trabajadores se han ocupado de la cultura y su promoción. En no pocas ocasiones, también de su defensa. 

Esto no es casual. El Palacio empezó a construirse desde tiempos prerevolucionarios, como parte de la actividad porfirista, pero su puesta en operaciones, ocurre en momentos en que la clase obrera y el campesinado pobre están en pie de lucha. El año de la inauguración, los nacionalistas revolucionarios representados por el general Cárdenas ganan la presidencia de la República, mientras la clase obrera está en un proceso de lucha y unificación, que poco después la lleva a la creación de la CTM, donde confluyen los obreros comunistas de la Central Sindical Unitaria de México y de los sindicatos nacionales de industria; son los mismos años en que la demanda obrera de educación para sus hijos está gestando el Instituto Politécnico Nacional y la lucha campesina apunta a la colectivización. En el ámbito internacional, la República Española, el inicio de la Larga Marcha y, pronto, el Frente Popular en Francia, apuntan al cambio.

No debe sorprender entonces que en la inauguración del Palacio se haya interpretado la Sinfonía Proletaria. Eran los tiempos del plan sexenal (a modo de los soviéticos planes quinquenales) y en las escuelas rurales se cantaba el corrido del agrarista, mientras en las urbanas La Internacional salía de las voces infantiles. 

Es cierto. Después en la CTM se impusieron los lobitos y expulsaron a los comunistas, la República cayó, llegó Petain al gobierno, se creó el Eje y las bajas en el campo revolucionario, se distribuyeron entre los abatidos por las balas fascistas y los caídos en las purgas estalinistas. Los artistas revolucionarios en México se dividieron por su posición ante Stalin y Trotsky y hasta Chavez dio marcha atrás y la sinfonía proletaria dejó de serlo.

Pero el retroceso no implica el abandono o la capitulación. El ejido no desapareció por completo y la educación no regresó al oscurantismo añorado por la reacción. La CTM fue copada por el charrismo, pero siempre se mantuvieron núcleos de lucha proletaria en sectores obreros industriales. En el campo de la cultura, acaso con una vertiente proletaria disminuida, se mantuvo una activa presencia de izquierda y nacionalista. El Palacio de Bellas Artes dio albergue en sus espacios lo mismo a los muralistas y escritores revolucionarios que a las figuras de la cultura universal. En sus alrededores se derramó sangre obrera y funcionarios de la revolución hecha gobierno hicieron de las suyas ahi.

Pero la lucha por la cultura para el pueblo no paró y la presencia proletaria no desapareció. Los propios trabajadores de Palacio, y habría que agregar: de todos los centros de trabajo del INBA, trabajadores del conocimiento, a diario trabajan lo mismo en la difusión de la cultura que en la educación artística de la población, igual iniciando en las artes a los más pequeños, que albergando a figuras de primera línea, incluyendo por supuesto, a quienes hacen del arte una herramienta más en la lucha por la liberación de los pueblos. No  olvidamos, por otra parte, que se escogió al Palacio como sede para la que habría sido la unificación de los sindicatos electricistas en los setentas. En fechas muy recientes, los trabajadores de la cultura han sido anfitriones de importantes actividades sindicales.

Tenemos muchas coincidencias con los trabajadores de la cultura. Compartimos espacios en actividades sindicales y políticas, hemos marchado juntos, hemos compartido análisis y alianzas y hasta en los sentimientos hay consecuencias. Cómo no habría de darnos gusto este cumpleaños lleno de historia y de lucha.