Felicidades a tod@s
A unos días de que caiga la última hoja del calendario --que por cierto no se va, sino que se acumula con los muchos que ya tenemos-- cuando la magia de la publicidad nos incita al consumismo y por todos lados escuchamos buenos deseos, vale la pena un momento de reflexión. Si volteamos atrás o si avistamos lo que viene, no parecen haber muchos motivos para celebrar.
2009, como los anteriores, fue un año difícil. Los grandes problemas mundiales no sólo no han terminado, sino que muchos de ellos han crecido como nunca. La desigualdad, el hambre, el atraso, la miseria, siguen ahí; la guerra no se detiene y el deterioro ambiental avanza amenazante. En México, los gobiernos recientes no presentan una gran diferencia a favor de la población, con respecto a los anteriores; el salario sigue su caída, la seguridad social está cada vez más lejana y estamos cada día más cargados de malestares y de años.
Ya no se esperan las fiestas de diciembre y el año nuevo, con la emoción de otros tiempos. Parecería que hemos perdido la alegría, la esperanza y que ya no creemos en nada. Ya ni siquiera podemos disfrutar como antes de las fiestas, porque los triglicéridos y el colesterol, el frío y la altura, la inseguridad y el caos del transporte, han causado estragos.
Y sin embargo, seguimos festejando. Tal vez sea porque nos aferramos a aquello que ya no tenemos, o porque tenemos la esperanza de que regresen los buenos tiempos. En todo caso, lo que no podemos darnos el lujo de perder, es la esperanza y la capacidad de creer. Si permitimos que la esperanza se pierda y si dejamos de creer, entonces sí, ya no habrá motivo alguno para la alegría; entonces sí, habremos sido derrotados por la vida; entonces sí, un año más, será solo un paso hacia la tumba.
Pero la esperanza no es algo mágico, la tenemos que forjar nosotros mismos. Cada quien puede construir su propia esperanza de un mundo mejor, a partir de su esfuerzo por cambiar las cosas, por superar los problemas, por enfrentar las dificultades, por no dejarse derrotar, por aprender de los golpes y los tropiezos. Cada quien puede ayudar a cambiar al de al lado, a la familia, al amigo, al compañero, pero tiene que empezar por cambiarse a sí mismo, reconocer errores y limitaciones, corregir lo posible; trabajar más y ser mejor cada día. Así, el esfuerzo sumado de todos, el aportar cada quien según su capacidad y recibir de los demás según su posibilidad, el sacar coraje de las dificultades, es lo que puede contribuir a que el año que se avecina sea mejor, a que tengamos esperanza en su llegada.
A un lado el escepticismo, y con la convicción del quehacer propio, hagamos realidad la esperanza. Y entonces podremos creer en algo, en nosotros, en la familia, en los compañeros, en los amigos, en la capacidad colectiva de transformación. No es fácil, es cierto, pero debemos creer que es posible y emprender el camino.
En estos días de fiestas y buenos deseos, no perdamos la esperanza en que podemos poner algo de nuestra parte, para que los buenos deseos se conviertan en realidad y para poder creer en la capacidad humana para aprender, para corregir y para mejorar. Al dar o recibir un regalo, al brindar, en las comidas y bailes, no olvidemos que el año nuevo podrá será feliz, si luchamos y trabajamos por ello.
Por lo pronto, a disfrutar comidas, fiestas y brindis de estas fechas, en compañía de familiares y amigos y desde el primer minuto de 2010, a pelear porque esté pletórico de realizaciones y éxitos, de lucha y de trabajo, de emociones y amor, de una intensa vida.
Carlos Guillén Soriano
2009, como los anteriores, fue un año difícil. Los grandes problemas mundiales no sólo no han terminado, sino que muchos de ellos han crecido como nunca. La desigualdad, el hambre, el atraso, la miseria, siguen ahí; la guerra no se detiene y el deterioro ambiental avanza amenazante. En México, los gobiernos recientes no presentan una gran diferencia a favor de la población, con respecto a los anteriores; el salario sigue su caída, la seguridad social está cada vez más lejana y estamos cada día más cargados de malestares y de años.
Ya no se esperan las fiestas de diciembre y el año nuevo, con la emoción de otros tiempos. Parecería que hemos perdido la alegría, la esperanza y que ya no creemos en nada. Ya ni siquiera podemos disfrutar como antes de las fiestas, porque los triglicéridos y el colesterol, el frío y la altura, la inseguridad y el caos del transporte, han causado estragos.
Y sin embargo, seguimos festejando. Tal vez sea porque nos aferramos a aquello que ya no tenemos, o porque tenemos la esperanza de que regresen los buenos tiempos. En todo caso, lo que no podemos darnos el lujo de perder, es la esperanza y la capacidad de creer. Si permitimos que la esperanza se pierda y si dejamos de creer, entonces sí, ya no habrá motivo alguno para la alegría; entonces sí, habremos sido derrotados por la vida; entonces sí, un año más, será solo un paso hacia la tumba.
Pero la esperanza no es algo mágico, la tenemos que forjar nosotros mismos. Cada quien puede construir su propia esperanza de un mundo mejor, a partir de su esfuerzo por cambiar las cosas, por superar los problemas, por enfrentar las dificultades, por no dejarse derrotar, por aprender de los golpes y los tropiezos. Cada quien puede ayudar a cambiar al de al lado, a la familia, al amigo, al compañero, pero tiene que empezar por cambiarse a sí mismo, reconocer errores y limitaciones, corregir lo posible; trabajar más y ser mejor cada día. Así, el esfuerzo sumado de todos, el aportar cada quien según su capacidad y recibir de los demás según su posibilidad, el sacar coraje de las dificultades, es lo que puede contribuir a que el año que se avecina sea mejor, a que tengamos esperanza en su llegada.
A un lado el escepticismo, y con la convicción del quehacer propio, hagamos realidad la esperanza. Y entonces podremos creer en algo, en nosotros, en la familia, en los compañeros, en los amigos, en la capacidad colectiva de transformación. No es fácil, es cierto, pero debemos creer que es posible y emprender el camino.
En estos días de fiestas y buenos deseos, no perdamos la esperanza en que podemos poner algo de nuestra parte, para que los buenos deseos se conviertan en realidad y para poder creer en la capacidad humana para aprender, para corregir y para mejorar. Al dar o recibir un regalo, al brindar, en las comidas y bailes, no olvidemos que el año nuevo podrá será feliz, si luchamos y trabajamos por ello.
Por lo pronto, a disfrutar comidas, fiestas y brindis de estas fechas, en compañía de familiares y amigos y desde el primer minuto de 2010, a pelear porque esté pletórico de realizaciones y éxitos, de lucha y de trabajo, de emociones y amor, de una intensa vida.
Carlos Guillén Soriano
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