Un aniversario digno de celebrar

Por estas fechas, a mediados de enero, ya pasaron al baúl de los recuerdos los festejos de fin de año y hay que pensar más en el trabajo y los problemas que nos esperan que en festejos o celebraciones. Peor aún, si pensamos en la situación mundial o en el panorama que nos presentan las próximas elecciones federales en México.
Sin embargo, no todo es rutina o negativo; todavía hay motivos para cierto optimismo. Uno de ellos es que a pesar de todos los problemas, a pesar de lo perdido durante el último año a causa de las políticas dominantes, a pesar del vacío que dejaron quienes ya no están con nosotros, a pesar del deterioro, hay algo que no nos han podido quitar y que nos negamos a perder: nuestros sueños de tener un mundo mejor y nuestra capacidad para luchar por él.
Y para hacer realidad nuestros sueños, contamos con diversas herramientas, algunas de ellas algo deterioradas y tal vez fuera de moda, pero son lo que tenemos para luchar. Una de nuestras mejores herramientas es la organización, lo que nos permite sumar esfuerzos, compartir sueños y trabajar juntos por lo que creemos. Y todavía existimos quienes creemos que los sindicatos son una herramienta adecuada para los trabajadores y estamos dispuestos a usarla, cuidarla y defenderla.
Claro, siempre que se trate de sindicatos donde los trabajadores discuten, proponen, se pelean, se enojan, critican, atacan, a veces de decepcionan, pero a final de cuentas deciden colectivamente el quehacer y son responsables, también todos juntos, del rumbo que tomen y de las acciones emprendidas o de las pendientes.
Uno de estos sindicatos –lamentablemente no hay muchos—es el Sindicato de Trabajadores del INCA Rural, el STINCA. Se trata de una organización que en casi tres décadas ha vivido momentos de éxito y avance y ha sufrido golpes, que ha visto reducir su membresía hasta niveles extremos y ha sufrido el abandono oficial de su fuente de trabajo y, como prácticamente todos los sindicatos en México, ha padecido las agresiones de un capitalismo salvaje que pretende exterminar –o por lo menos neutralizar—todo vestigio de organización independiente de los trabajadores. En casos similares, otras organizaciones han sucumbido o se han refugiado en el estrecho marco de la supervivencia, alejados de la práctica de la solidaridad y de la pelea por recuperar la iniciativa y personalidad de los trabajadores.
El STINCA se ha mantenido a salvo del desánimo y a pesar de sus limitaciones numéricas, ha sabido mantener una presencia militante y solidaria que sería la envidia de organizaciones mucho mayores. No solo ha resistido los embates que lo han llevado a la reducción de su membresía, sino que ha mantenido su participación en los principales instrumentos de lucha unitaria que han construido tanto el movimiento sindical democrático, como el movimiento de trabajadores del campo. Y no se ha tratado solo de una presencia burocrática de abultamiento de siglas, sino de una real práctica unitaria, que ha llevado al STINCA a asumir funciones de coordinación que se pensarían exclusivas de las grandes organizaciones. En la coordinación de difusión de organismos de trabajadores del campo, en las negociaciones contractuales de los sindicatos del sector agropecuario y de investigación, en las marchas y mítines, en la solidaridad militante, en la atención a los medios de comunicación, la presencia de dirigentes y afiliados del STINCA ha sido una constante.
Así que, una vez pasadas las fiestas, tenemos aun mucho por celebrar, como un nuevo aniversario del nacimiento de este combativo sindicato que vive, se solidariza y se da el tiempo para trabajar porque su fuente de trabajo no solo sobreviva, sino que cuente con los recursos y las políticas para que mejore cada día. Ojalá contáramos con muchos sindicatos como el STINCA y con millones de trabajadores como los que integran esa organización. Este es uno de nuestros sueños; trabajemos por hacerlo realidad.
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