Uno más
Carlos Guillén S.
Hace una semana, amigas y amigos se tomaron la molestia de
felicitarme por distintas vías por un cumpleaños más. Por diversas circunstancias,
no había agradecido tales atenciones y hasta hoy lo hago. Cada mensaje, cada
llamada, cada publicación, cada palmada, me dieron ocasión para agradecer a la
vida estar rodeado de gente como ustedes, llena de solidaridad, de amistad, de esperanza.
Hoy tuve oportunidad de asistir al mitin en la Plaza de la
Constitución, con el que culminaron las marchas por el 44° aniversario de aquel
2 de Octubre. Hoy nuevamente comprobé que la larga marcha por la unidad y organización
del movimiento democrático, tiene mucho por recorrer. Pero también hoy pude ver
que a diferencia de otros años, ahora sí hay algo nuevo.
En los discursos pronunciados esta tarde en el corazón
político y social de México, se hizo énfasis en la continuidad del movimiento,
en la similitud de condiciones entre 1968 y 2012, en la necesidad de unir a los
más diversos sectores. Dos elementos fueron constantes en las intervenciones:
trabajo y educación.
Recuerdo que entre los elementos que seguramente pesaron en
octubre de 1968 para llevar la represión –que era ya una constante—hasta niveles
demenciales, estaba el creciente acercamiento entre los estudiantes y sectores
de trabajadores. Ya no era sólo “el pueblo” que en manifestaciones y combates
callejeros, apoyaba al movimiento estudiantil; grupos de trabajadores
organizados estuvieron en el mitin en Tlatelolco y crecía entre la clase obrera
la simpatía hacia el movimiento. Apenas
unos años después, contingentes de la clase obrera tomaron la estafeta que fue
arrebatada de las manos del movimiento estudiantil por la represión y ocuparon
las calles nuevamente, con las grandes jornadas de lucha obrera de los
setentas. Muchos de los estudiantes en lucha del 68, fueron parte de la
insurgencia obrera de los setentas; en el sindicato de los nucleares mexicanos,
la presencia de los estudiantes de 68, fue decisiva.
Hoy, la reforma laboral en marcha depara las peores
condiciones para el mundo del trabajo, particularmente para las nuevas
generaciones. Pero hoy se cuenta con sectores de la sociedad más informados y
preparados. El rechazo a la reforma laboral y la demanda de educación para
todos, crítica, científica y popular, decíamos ayer, unifica hoy a muchos. Hoy
como ayer, el principal trabajo por realizar es el de ir a la conciencia de las
mayorías. No es sencillo, hay muchas experiencias desoladoras.
Después del baño de sangre de Tlatelolco, hubo un
resurgimiento del movimiento estudiantil en 1971, que nuevamente fue víctima de
la represión y volvió a derramarse la sangre de jóvenes estudiantes en San Cosme.
Pero ya en ese 1971, estaban los electricistas del STERM, los obreros de Automex,
del transporte público del DF, de Vallejo, de Naucalpan, de Monterrey, de
Monclova. En 1972, las jornadas nacionales por la democracia sindical llevaron
a la unificación de los sindicatos electricistas y los jóvenes nucleares se incorporaron
al nuevo sindicato unificado. Ya en las universidades se gestaba el
sindicalismo universitario. Ese mismo año, falleció Víctor Rico Galán, periodista
y dirigente socialista, que supo ver el papel que estaba llamada a jugar la
clase obrera, principalmente en los sectores industriales de avanzada. Su
temprana partida dejó inconcluso el trabajo teórico y político por la
construcción de un partido proletario a lo que dedicó los últimos años de su
vida, aun desde la cárcel, pero dejó enseñanzas que fueron claves para la lucha
obrera y sindical de esos años.
1972 tiene también un significado personal en mi caso. Ese
año me acerqué al Comité de Lucha de mi escuela, con lo que me enrolé en la izquierda,
pensando que sería sólo por un tiempo. Ya antes desde la secundaria, viví de
cerca el movimiento de 1968, pero solo como espectador. En el primer
aniversario del 10 de junio, fui con los compañeros del Comité de Lucha a
tratar de marchar por San Cosme. En 1972 era uno más en las filas de la
izquierda. Sólo uno más.
Vino después el golpe de estado en Chile, la Tendencia
Democrática, Spicer, Trailmobile, la música de Quilapayún, Inti Illimani y
Daniel Viglietti, la amistad con Judith Reyes, cronista de las luchas de los
pobres de México y América Latina, la admiración a Pável Vlasov y Pável
Korchaguin, personajes de La Madre y de Así se templó el acero, novelas rusa y
soviética, la emoción por la lectura de
Reportaje al pie de la horca y Germinal, la esperanza por los procesos
revolucionarios en Portugal, en Angola y en Etiopía. Las brigadas a las cinco
de la mañana por rumbos de La Villa, Tlanepantla y Vallejo. Llegó el momento de
militar y lo hice en la Organización Comunista Proletaria. No sabía hacerlo
(aún no), pero hubo que escribir y hablar y llegué a la redacción de Proletario.
Poco tiempo después, llegué al ININ. Ya ahí, el avance del
llamado eurocomunismo, el surgimiento de Solidaridad en Polonia y el derrumbe
del bloque soviético, el periodo especial en Cuba, las huelgas de junio y el
inicio del neoliberalismo en México, el abandono de las filas de la izquierda
por muchos cuadros experimentados, la burocratización del sindicalismo
independiente. Hubo un momento de desmoralización, ya daba miedo leer el
periódico cada mañana.
Pero el 68, la insurgencia obrera, el despertar ciudadano de
1985, la esperanza de 1988 no pasaron en vano. México es otro hoy. Muchos se
han ido, por obra de la naturaleza y la fragilidad humana o por deserción y aun
traición, pero el movimiento sigue. Hoy lo ví. Ahí estaban Raúl, Colín, Moi, Iván
(me hicieron sentir joven), ahí estaban las muchachas del 68, y ahí estaban los
muchachos del Yo Soy 132. Y estaban también los electricistas, los
telefonistas, los maestros, los universitarios, los nucleares (poquitos, pero
ahí estaban).
De manera que no solo la semana pasada cumplí años. También durante
2012 estoy cumpliendo 40 años. Afortunadamente, sigo siendo uno más.
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