El nuevo gobierno y la Política científica
Carlos Guillén S.
Cada vez en más
claro para cualquier país que quiera competir en condiciones adecuadas en un
mundo globalizado, la urgencia de dotarse de políticas educativa y científica
que le permitan construir un sistema acorde con las condiciones mundiales. Esto
ha sido reconocido en el discurso por diversos gobiernos mexicanos, sin embargo no se ha traducido en
acciones y las políticas educativa y
científica, distan mucho de ser un factor que ayude a cumplir los
requerimientos de satisfactores que tiene una población en constante
crecimiento, así como los problemas derivados del deterioro del planeta a causa
de la actividad humana.
La educación y la
ciencia en México han tenido algún impulso cuando se ha contado con gobiernos
sensibles, capaces de ver al futuro o que se han dejado influir por promotores
de estas actividades. Así, cuando la corriente nacionalista revolucionaria
llegó a la presidencia con Cárdenas, fue creado el Instituto Politécnico
Nacional, se puso en marcha la llamada educación socialista y se atendieron
otras demandas y necesidades de la población. El retroceso posterior dejó al
IPN durante décadas sin Ley Orgánica, se cambió el texto constitucional sobre
la educación y se abandonaron planes y programas. La dinámica propia de algunas
instituciones públicas del sector y la insistencia de personalidades de la
naciente comunidad científica mexicana lograron, sin embargo, la creación de
instituciones como el CINVESTAV, la CNIC-CNEN, el CIESAS, el ColPos, INIFAP y
otras instituciones. Se llegó a tener condiciones en que existían recursos en
las instituciones y una relativa libertad para su uso, pero adoleciendo de una
política nacional, de Estado, en materia de ciencia y tecnología. El resultado:
un desarrollo desigual y disperso, marcado por los intereses y acciones
locales, en lugar de un plan nacional.
No hay que
olvidar que la creación de tales instituciones se da en tiempos en que aun hay
crecimiento económico, la agricultura es autosuficiente y fuente de acumulación
y están presentes en el gobierno, remanentes de la corriente nacionalista
surgida de la Revolución Mexicana. Esto cambia con la crisis económica y con el
cambio del grupo en el poder. Si la dispersión y la ausencia de política eran
los principales problemas, había al menos recursos que no siempre fueron
orientados adecuadamente. El viraje internacional a la derecha producido hace
unas décadas, tuvo su expresión en México con la llegada al poder del grupo de
tecnócratas que aunque eran del mismo partido que sus antecesores, carecían de
la tradición política, un origen más o
menos popular y relaciones con las masas que fueron características que,
combinadas con el control político y la represión, mantuvieron en el poder
durante décadas al viejo régimen.
Los nuevos
criterios en la educación y la investigación seguidos por los gobiernos del
neoliberalismo han sido similares a los dictados por los centros financieros
internacionales para la política económica: privilegiar la acumulación capitalista
y hacer de los países periféricos, meros maquiladores del gran capital
transnacional. Los continuos cambios en la política educativa expresan la
ausencia de un proyecto de estado en la materia y revelan el verdadero papel
que el gobierno asigna a ésta. Tanto en la educación como en la investigación
científica, se impulsan prácticas que promueven la dispersión y competencia
entre los trabajadores académicos, forzando al cumplimiento de metas que
equiparan productividad con cantidad, en detrimento de la calidad. Se sustituye
la mejora salarial con bonos y estímulos, lo que lleva a profesores e
investigadores a tratar de cumplir con metas de volumen de producción, dejando
de lado la calidad de la enseñanza o la generación de nuevo conocimiento y afectando
de paso el trabajo en equipo con prácticas para acumular puntos por el medio
que sea. La idea dominante para evaluar el trabajo académico y científico es la
cantidad de indicadores cumplidos, predominantemente de orden económico,
independientemente de su impacto académico o científico y social.
No obstante, la
influencia de un mundo en el que el avance tecnológico es patente a cada
momento, tiene su influencia y se expresa en limitadas medidas de impulso a la
ciencia. En décadas recientes, fueron creados el Consejo Nacional de Ciencia y
Tecnología y el Sistema Nacional de Investigadores y hace una década fue
aprobada la Ley de Ciencia y Tecnología, misma que daría continuidad a la Ley
de Fomento a la investigación científica, aprobada poco antes. Se trataba de
primeros intentos por ordenar un sector que había surgido y crecido de manera
dispersa. Los criterios rectores sin embargo, han sido los mismos que han
prevalecido en la política oficial, privilegiando a empresas y ganancias sobre
la soberanía y el desarrollo nacional. El SNI –independientemente de sus
aspectos positivos-- dio carta de naturalización al individualismo y la
competencia y la LCT resultó una poco disfrazada ley de fomento industrial. La
nueva legislación creo también el sistema de centros públicos de investigación,
dejó en manos del presidente de la república y un grupo de secretarios de
estado el diseño de la política científica, no se dieron pasos hacia la
descentralización de las actividades científicas y en el terreno laboral, fueron
establecidos criterios que afectarían los derechos de los trabajadores de la
investigación científica.
En el terreno
presupuestal, se modificó la Ley General de Educación y junto con reformas
posteriores a la LCT, quedó establecido que debía destinarse el 8% del Producto
Interno Bruto a la educación y 1% del mismo a ciencia y tecnología.
No obstante el
avance que puede representar contar con una ley donde no había antes nada,
mucho de lo acordado por el Congreso quedó en el papel. Para 2006, de acuerdo a
lo aprobado por el legislativo, debían alcanzarse las metas presupuestales y
hoy, cinco años después, con dificultad se ha llegado a 0.4% del PIB lo
aprobado para CyT. No solo eso, sino que muchos de los recursos destinados a
CyT han ido a parar a la iniciativa privada con el pretexto de apoyar a
empresas que hagan innovación tecnológica. Así, parte de los raquíticos
recursos aprobados para investigación y desarrollo han ido a empresas
transnacionales que tienen todos los recursos para hacer investigación y
desarrollo o a nacionales cuyas aportaciones a la ciencia son discutibles. Las
instituciones públicas del sector, en cambio, ven reducidos sus presupuestos al
ser forzadas a generar recursos propios sin contar con las condiciones para
hacerlo, ven sus plantillas laborales prácticamente congeladas y carecen de
políticas de desarrollo y definiciones a mediano plazo. Al mismo tiempo, cronos
va deteriorando paulatinamente a su personal, mismo que es víctima de un
intenso stress por la necesidad de cumplir con las metas economicistas de
producción y se ve impedido de jubilarse dignamente, a causa de las reformas a
la seguridad social y para completar el sombrío panorama, tampoco tiene
oportunidad de formar a sus sucesores en sus instituciones.
Con todo, el tema
de la ciencia y la tecnología, ha ido avanzando. En más de la mitad de
entidades de la republica, se cuenta ya
con organismos estatales de ciencia y tecnología, algunos medios de difusión
han creado programas y suplementos sobre investigación y desarrollo y
ocasionalmente el tema llega a pantallas, diales y páginas de los principales
medios de difusión.
En los años
recientes, organizaciones, autoridades e integrantes de diversas instituciones
públicas educativas, científicas y tecnológicas, han realizado una intensa
actividad para demandar a la Cámara de Diputados presupuestos adecuados que les
permitan cumplir con las funciones que las leyes les asignan. La participación
y los resultados han sido desiguales. En casos como la UNAM o el IPN, sus
propias autoridades han realizado las gestiones correspondientes; en otras,
como la UACh las acciones han sido conjuntas por parte de autoridades y
sindicatos y en otras más, como el ININ, las peticiones y negociaciones han
sido realizadas solo por los trabajadores sindicalizados. Por su parte, los
partidos han brindado su apoyo en no pocos casos, con criterios electorales y
clientelistas, ya que en sus plataformas políticas la educación y la ciencia
aparecen solo de manera marginal o están por completo ausentes; es decir, no
tienen propuestas ni políticas al respecto.
En 2011, la
dispersión en las actividades de CyT dio paso a acciones coordinadas, al menos
en la demanda de presupuesto. Por primera vez, autoridades universitarias y de
instituciones de educación superior, organizaciones de la academia y de la
iniciativa privada, unieron sus voces y desarrollaron una actividad
particularmente intensa, llegando incluso a pedir que los diputados rindieran
cuentas por el incumplimiento del añejo acuerdo legislativo de llevar el gasto
en CyT a 1% del PIB. En esta más o menos intensa campaña, los grandes ausentes
fueron los sindicatos. Tal vez con excepción del SUTIN –a través de un
desplegado en 2011 y dos en 2012—los sindicatos estuvieron prácticamente al
margen de esta campaña o la enfocaron centralmente en el aspecto salarial,
dejando de lado la necesidad de cambios integrales en el sector.
El presupuesto
aprobado finalmente, apenas difirió de lo propuesto por el gobierno federal. Se
logró hacer reasignaciones en rubros como el campo, la educación y recursos a
los estados. El monto de las modificaciones es una parte poco significativa del
presupuesto. Se aspiró por diversos sectores castigados por la política
económica oficial, a introducir modificaciones menores. Los partidos,
respondieron medianamente a las presiones de aquellos, pero ni de lejos se
plantearon modificar la política económica oficial.
De cualquier
manera, las asignaciones presupuestales, con la importancia que revisten, son
sólo una parte del problema. El verdadero problema de la educación, la ciencia
y tecnología mexicanas, está en la falta de definiciones de mediano y largo
plazo, en la inexistencia de políticas de estado en la materia. El problema se
agudiza si consideramos que no sólo el gobierno federal adolece de un proyecto
en este terreno, sino que casi ninguno de los partidos políticos, considera la
CyT como tema prioritario. En este, como en muchos temas más, el país se
encuentra frente a un gran silencio por parte de quienes lo gobiernan o aspiran
a hacerlo. Este vacío, se puede y se debe ocupar, con propuestas que sean
llevadas al conjunto del movimiento social, ganando a la sociedad a la lucha
por una política educativa y científica para el desarrollo y la soberanía
nacional.
Para el futuro,
se debe tomar en cuenta que independientemente de quién gane las elecciones,
las imposiciones y presiones de los organismos financieros internacionales, así
como los compromisos contraídos con ellos por la llamada clase política, poco
podrá hacer quien quede al frente del gobierno federal, si no cuenta con un
proyecto y fuerza organizada propios. Una tarea para el movimiento social, es
insistir con sus demandas, pero no sólo con el formato limitado de peticiones,
sino con proyectos de verdaderas políticas públicas que permitan hacer valer la
fuerza social y los eventuales espacios políticos ocupados por posibles
aliados. Los temas de educación, ciencia y tecnología, tímida y tangencialmente
mencionados por los hoy candidatos, deben ser puntos centrales en la agenda del
gobierno que resulte de las elecciones de este año. Si no lo consideran, hay
que forzarlos a hacerlo.
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